
La realidad es como un radar. Va enviando señales. Eso sí, hay que saber leerlas o querer hacerlo. Pero las señales están ahí, parpadeando, indicándonos lo que se avecina tras la próxima esquina del tiempo o lo que hay oculto bajo la alfombra de la sociedad.
La resolución del 'caso Santaló' es uno de esos puntos rojos (o verdes) parpadeantes a los que se debería prestar atención más allá de la acción policial. Primero porque, no seamos hipócritas, todo el mundo piensa que cuando a alguien le dispara por la espalda un asesino a sueldo es que algo turbio colea en su vida. El pobre Félix Martínez Touriño no escapó a esa triste norma. Se especuló con que en su vida como ejecutivo había flirteado con la mafia rusa, el submundo de la prostitución, los usureros... Es doloroso enunciarlo así, pero se aplicó la lógica del "algo habría hecho".
Al final, los agentes responsables de la investigación, que han tenido que bucear en la existencia de la víctima para dar con los asesinos, han constatado como Félix Martínez Touriño llevaba una vida "intachable". Simplemente, había accedido a un cargo y había descubierto que uno de sus subordinados empleaba el Centro de Convenciones Internacionales de Barcelona (CCIB) para lucrarse con negocios turbios.
La luz roja está ahí. Precisamente en el asesinato de un hombre sin tacha a manos de un sicario. Aún es pronto para decirlo, pero habrá que ver si este asesinato pone fin a la era en que los únicos que morían a manos de sicarios en España eran narcotraficantes.
Y no es la única señal. Hay otra: está en el comportamiento de quien ordena el asesinato. Ordenar la ejecución de tu jefe solo porque te aparta del puesto o te despide (aunque eso haga que vayas a dejar de ganar mucho dinero) es una acción de la que en España no hay apenas precedentes. Indica el aterrizaje de una nueva cultura de la venganza. Ni amenazas telefónicas, ni piernas rotas. Todo se reduce a matar, convirtiendo la muerte en algo normal y fácil, en el único castigo realmente eficaz, en la única señal clara.

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